lunes, 2 de noviembre de 2009

En defensa de la indiferencia.

I

Si atendemos la sospecha de que detrás de cada ser humano existe una dosis de demencia, tendríamos que hacer de la justicia una categoría clínica y de la ley una telaraña lo suficientemente capaz de soportar el peso de las inevitables caídas del espíritu. O bien, la indiferencia.

II

La humanidad se ha equivocado al situar la indiferencia en un escalón bajo ¿se puede superar la compasión con la que un ser humano pasa por alto la realidad de otro sin siquiera parpadear? Un ejemplo de ello es la vecindad. En el instante en que toleras los gritos y escándalos de tus vecinos, estás curado, pasas a formar parte de una comunidad superior donde no existe la enajenación respectiva. Has instaurado una muralla impenetrable y desde esa altura, ningún eructo, por más fuerte e imponente que se presente, podrá perturbar tu calma. Ya no eres humano y para tu fortuna tampoco los otros.

III

En la resaca de las ideas cualquier regurgitación reclama su espacio como epítome de lo dado. La vulgaridad y su sombra (la secularización) combinados con resabios técnicos, le regalan al mundo versiones de sí mismo donde la fractalidad ha terminado por volverse ameba, desgaste del córtex, tributo a la mediocridad, bromas con pretensión legislativa. Paseos todos del principio del milenio; gracia simple del tiempo que trascurre sin que la humanidad avance respecto a lo que alguna vez consideró obras maestras. Así es como el derecho consagra la estupidez y urge la indiferencia.

IV

No pocas veces la debilidad hace su trabajo y la roca se desmorona, el hierro se oxida y todo lo corrompible encuentra su destino más allá de barnices, recubrimientos de asbesto y otros cuentos. Cuando eso sucede se verifica la evolución, se ensancha la civilización, muchos muertos suspiran en sus tumbas y el individuo –esa veleta ajetreada por mil vientos –descubre el poder de la vengativo y negativo de la justificación.

V

Justificar. Palabra que parece derivar de justicia o que al menos comparte un prefijo. Consultemos la RAE; en su segunda acepción indica “rectificar o hacer algo justo”. Iustificare. Lo recto impide la flexibilidad. Un cuerpo recto es rígido. Una idea rígida es como un cadáver. Luego, lo justo aprieta, ciñe, calza. La justicia y la justificación son formas de estrechamiento. La humanidad empacada, embutida, ceñida en límites donde no se reconoce.

VI

Los antónimos de justificar son: inculpar, acusar. Todo está dicho, la humanidad es una sopa de linchamiento y pena, predispuesta a culpar o victimizar, eternizarse en un círculo de dolor.

VII

Es lo que digo: indiferencia. O sea, libertad verdadera. El otro existe, sin ti.