martes, 4 de octubre de 2011

Extrañar es volverse humano.


Le extraño en su forma de espiral. En lo que tiene de laberinto. En lo que respira y se anuda como un árbol a su corteza. En el eco que devuelve al aire otro tipo de marea. En las milimétricas espigas que forman un bosque imperceptible al final de su espalda.
Le extraño en lo que de extraño tiene extrañar a un extraño. En el rito de revertir la certeza propia para quedar a merced de la guillotina. En la paz que altera, en la alteración que sacia, en la saciedad que anestesia, en la anestesia que calma.
No extraño ser el extraño que mira de soslayo. Ni el muro que contempla el paisaje sin poder andarlo. Tampoco ser una orilla en un mundo desbordado, mentiroso, ovillado a una tormenta sospechosa.
Soy mi propia noche. Quizá vengo de un sueño oscuro. Quizá la oscuridad me sueña. Quizá vivo o me vivan, o vivo y me sobrevivan o sobreviva de vivir lo que no vivo y viven.
El pulso, habitante sin nombre, la sensación, territorio de nadie, la percepción, ese perro echado, dicen, que extrañar es volverse humano.